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11/01/2010

Focalización y política social

Por: Roberto Christian Cerrud Rodríguez

En Panamá es común escuchar lemas que, al mejor estilo populista y demagógico de  “Salud igual para Todos”, oó “Meduca para toda la vida”, son utilizados como propaganda para la política social gubernamental, que, con una enfermiza insistencia en la pésima idea de la universalización, provoca que los escasos recursos con los que cuenta el gobierno (aquí vale la pena recordar que el Estado, que  nada produce, sólo obtiene recursos gracias al expolio que representan los impuestos) se vean diluídos, lo que tiene como consecuencia, a corto plazo, que la calidad de dichos servicios alcance mayor profundidad que un batiscafo y, a largo plazo, provoca que el gobierno, para evitar el colapso del monstruo gigantesco que representa toda la burocracia necesaria en estos sistemas de cobertura universal, aumente los impuestos, lo que resulta en que las empresas, para mantener sus márgenes de ganancia, tengan que despedir personal y disminuir el ritmo de las nuevas contrataciones.

Debido a lo expuesto, es necesario que cualquier gobierno que se proponga administrar responsablemente la cosa pública y que en verdad desee corregir los defectos estructurales que impiden que nuestro bello país alcance el desarrollo, se concentre en conseguir que los recursos que se malgastan sosteniendo sistemas hipertrofiados, que en la gran mayoría de los casos no benefician a aquellos que en realidad están urgidos de asistencia social, sean redirigidos a proyectos de política social focalizada, que, en la experiencia de algunos de nuestros vecinos, como Chile, han demostrado ser la herramienta adecuada para ayudar a que ese sector de nuestros ciudadanos que se encuentra sumido en la más abyecta miseria pueda, de manera progresiva, ir mejorando su condición de vida y romper el  círculo vicioso de la pobreza.

Sin embargo, en toda política social hay que tener claro como presupuesto doctrinal que la relación entre el Estado y la empresa privada debe regirse siempre por la relación de subsidiariedad; es decir, que el Estado no debe suplantar la iniciativa y la responsabilidad que los individuos y los grupos sociales son capaces de asumir en sus respectivos campos, sino que debe favorecerlos activamente.

La política social focalizada, que ya se ha visto funcionar en otros países, no es ninguna una utopía, al contrario del bienestar universal, ilimitado y sin esfuerzo que prometen aquellos que, de manera contraria a la realidad, sostienen, como lo hace la mil veces fracasada teoría marxista, que el Estado es omnipotente y que puede solucionar todos los problemas del hombre, lo cual es totalmente falso, siendo, quien lo proponga, un hipócrita sediento de poder. Dentro de los deberes del Estado moderno se encuentran el facilitar la acción individual y privada, acatar el “rule of law”, y dirigir su asistencia sólo a aquellos miembros de la sociedad que no dispongan en lo absoluto de medios para valerse por sí mismos, como es el caso de los ciudadanos que viven en extrema pobreza, tanto en el interior del país, como en los barrios marginales de la ciudad capital.

Es a estos desamparados hacia los cuales debe estar dirigido todo el peso de la ayuda del Estado: por ejemplo, ofrecer educación de buena calidad, mediante escuelas gratuitas solamente para aquellos que, en realidad, carezcan de la posibilidad de pagar por ella. No es ningún acto de altruismo ofrecer a los niños de nuestro país una educación con cobertura “universal”, pero con una calidad pésima debido a la dilución de recursos, pues precisamente son los más pobres, aquellos que no pueden acceder a otra educación aparte de la ofrecida por las escuelas públicas, los que terminan siendo los más perjudicados por este odioso error.


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