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11/06/2018

La historia de un club y su portero

Por: Roberto Brenes P.

Esta es una historia de fútbol, pero en realidad no lo es.

Es la historia de un Club (Deportivo Empresarial) que contrató un portero para que no le anotaran goles o evitara que ni siquiera los patearan.  En futbolés, uno corría con la bola el otro defendía la portería. En ese tiempo, en el resto de los clubes del país se vivía y se dejaba vivir en paz.

Pero esto cambió. El portero no solo empezó a controlar  la puerta del Club sino a impedir que otros posibles clubes tuvieran porteros que no fueran de su mismo gremio y con tácticas diferentes a los de su Club. En futbolés ya el portero no solo paraba goles, pasó al ataque amedrantando  y agrediendo rivales con jugadas merecedoras de tarjeta roja y algunas hasta  propias de expulsión de por vida

Al Deportivo nunca  pareció molestarles esta transformación del portero. Coerción y violencia no eran lo correcto, pero sí muy convenientes para impedir entrada de otros clubes y otros porteros, con otras reglas, que podían erosionarle su “ventaja competitiva”. ¿Y a los árbitros? Esos, siempre del lado del mas rudo o el que más susto les mete. Nunca ha habido tarjetas ni sanciones. Desde entonces, vivimos en  un forzado oligopolio bendecido por los árbitros. ¡Ya no podemos decir que, en esa liga, en el país se vive y se deja vivir en paz!

Con el tiempo, al portero, se vuelve próspero y poderoso gracias a la prosperidad de su Club. Pero, ahora transformado y aumentado, se enfrenta al Deportivo en otros términos. El  portero aprieta por más plata y se toma las calles  como forma de presión causándole perjuicios a la población con tranques, turbamultas y miles de horas y dinero perdidos en el tira y jala laboral.

El árbitro no dice nada. Y el Deportivo, secuestrado, cede, porque ese arreglo, aunque malo, es una  barrera de costos difíciles de salvar para  otros clubes. Pocos pueden sufragar esa planilla y se salen de la liga. Además, al final los aumentos se los tiene que mamar el ciudadano. El club siempre gana perdiendo.

Recientemente el club y su portero se enfrentaron en lo que parecía la madre de todas las batallas. Parecía que en este último rifirrafe las exageraciones de lado y lado iban a llevar a un cambio, que al fin íbamos a ver un desenlace genuino ¡Pero no!, la intervención del árbitro, insólita e ilegal con su generosa concesión de precios para repartirse entre club y portero, cimenta aún más esa alianza, que cuesta caro al ciudadano espectador.

Varias cosas han quedado claras. La primera es que este mal arreglo promovido por el árbitro, mantiene al país en una dependencia cuasi monopólica y malsana que no promueve competencia y que solo augura más costos e ineficiencia. También se comprobó que la fanaticada está harta del sainete populista y de tener que pagar más y más.  Ni el portero ni su club no gozan de simpatía popular. Menos cuando ambos se han dejado dar un abrazo de  dólares por el gobierno,  digo, el árbitro. Más que un abrazo, es un beso de la muerte a las aspiraciones políticas de algunos.

Lo que el árbitro, digo el gobierno, debe hacer es lo que haría la FIFA ,! promover el “fair play”!. Para ello no hay más que cumplir la ley,  permitir la pluralidad y la competencia sindical a través del libre acceso de otros grupos de porteros a esa industria. Observar meticulosamente la democracia electoral, así como la transparencia y la rendición de cuentas, ¡Y al rudo, tarjeta roja!

Y si los lideres deportivos y comunitarios tuvieran una pizca de visión patria promoverían las acciones legales que declararan ilegal el reciente acuerdo obrero patronal, y promoverían ante los tribunales de libre competencia, una acción de clases para borrar la colusión entre actores económicos. Así como se hizo con  la FIFA.


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