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19/02/2018

La gallina de los huevos de oro del gobierno somos nosotros

Por: Christian Betancourt Carranza

Muchas veces los burócratas han dicho que las empresas públicas y las que cuentan con inversión estatal son las gallinas de los huevos de oro del gobierno. Exponen cuántas utilidades éstas le dejan al erario y cuán necesarios se vuelven estos ingresos para mantener y aumentar las inversiones en obras y servicios públicos. En pocas ocasiones mencionan que estas ganancias salen del dinero de los ciudadanos.

En Latinoamérica muchos se quejan cuando se abre algún mercado en el que previamente se imponía un monopolio a través de una empresa pública. Es entendible, les toca enfrentar competencia. Poco importa, apenas se discute, que tener alternativas privadas que compitan con la empresa estatal signifique más opciones para el consumidor; para nosotros que les pagamos. Poco importa que como consecuencia de la nueva competencia se ofrezcan bienes o servicios de mejor calidad o a un menor precio. Y ésta es una ley económica: al haber competencia, cada empresa deberá brindar mejores ofertas a los clientes para que éstos decidan contratar con ella y no con sus competidores, premiándola con su dinero. No importa tanto si una empresa es privada o no, lo que importa es que no sea un monopolio y tenga competencia.

¡Nada de eso importa! Los burócratas prefieren que se mantengan los monopolios estatales a que los consumidores tengan otras opciones más acordes a sus propias necesidades y deseos. Si los establecimientos de alquiler de películas en DVD y VHS hubiesen sido estatales, varios países de Latinoamérica aún no tendrían acceso a Netflix u otros sitios donde se pueden descargar películas. Esto nace de una falacia económica que gusta mucho a quienes viven del gobierno: a principios del siglo XX los keynesianos creían que el gobierno, utilizando recaudaciones, podía generar trabajos y con ello hacer crecer la economía. Además, se consideraba que ciertos rubros económicos, como la energía, eran demasiado “sensibles” como para que empresas privadas tuvieran participación en ellos.

Los gobiernos pueden generar trabajo, sí, pero no valor. Sus “inversiones” no generan riqueza, a diferencia del sector privado competitivo que debe innovar para mantenerse a flote. A largo plazo este plan es insostenible y desemboca en estancamiento económico.

Esta posición debió haber sido finalmente superada después de que Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido liberalizaran su economía en los 80’s, después de un serio estancamiento en estos países durante los 70’s. Por más que los gobiernos despilfarraban dinero en generar empleos, la economía no crecía. La apertura del mercado también les funcionó muy bien a los países que la adoptaron en Europa del Este después de la caída de la Unión Soviética. Esto lastimosamente no ha sucedido de manera generalizada en el continente americano al sur de EE. UU.

La sed depredadora del gobierno es un problema que existe en Panamá, aunque no es tan grave como en la mayoría del resto de países de América Latina. En mi país, Honduras, por ejemplo, el gobierno mantiene un monopolio sobre la transmisión y distribución de energía, causando un precio altísimo por electricidad en comparación con los otros países de la región.

Las empresas estatales son gallinitas de huevos de oro sólo porque con sus privilegios aseguran ingresos que salen de la bolsa de los ciudadanos. Las verdaderas gallinitas somos nosotros cuando nos vemos obligados a contratar con una empresa que no tiene competencia, además de todo lo que tributamos en impuestos. Sacarnos dinero les encanta a los políticos, ya que pueden usarlo para justificar sus cargos, muchas veces a través de la construcción de obras mal hechas o que no son realmente necesarias.

Será difícil lograr un ritmo saludable de crecimiento económico si los gobiernos de nuestros países nos siguen viendo como meras gallinitas que pueden exprimir en vez de como ciudadanos responsables y creativos que los llevamos a sus puestos públicos, capaces de generar riqueza real.

El autor es amigo de la Fundación Libertad


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