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07/04/2008

El viejo oeste y otros cuentos

Por: Roberto Brenes P.

El Gobierno intenta resolver el problema de la seguridad desarmando o restringiendo al absurdo la tenencia de armas legales por la población civil. Esta medida coarta el derecho ciudadano de preservar y defender su vida. También es contraria a la evidencia empírica que más bien señala que una población desarmada facilita el crimen. Amén de que una población indefensa, se convierte en un manso rebaño a voluntad del autoritarismo gubernamental.

Por enésima vez he oído a personalidades nacionales referirse a la entendible aspiración de taxistas y transportistas de portar armas en su trabajo, como regreso "a los tiempos viejo oeste". Esta afirmación refleja la incompleta percepción de las autoridades de un problema complejo. El porte y tenencia de armas cortas para defensa personal, no va propiciar tiroteos en la calle central, ni duelos a medio día. Todo lo contrario, el porte regulado y pacífico de armas por los ciudadanos puede ser una forma efectiva de contrarrestar la violencia, los asaltos y los asesinatos. La razón es simplemente la realidad de la vida.

Cuando los felinos de la sabana africana salen a cazar, no buscan la gacela más rápida ni el búfalo más grande. Como lo hemos visto en miles de minutos de filmación, los felinos, dando muestras de pragmatismo y racionalidad, buscan al débil, al herido o al indefenso. Los tiburones se sacian en el cachalote herido y los halcones comen palomas desprevenidas. Esa es la ley de la vida y los delincuentes, no son diferentes; si los dejamos, se aprovechan de las mejores oportunidades para delinquir y violar. El chiste está en que los indefensos no sean tan indefensos y con ello crear desincentivos a delinquir.

A pesar de la evidencia biológica y la negativa experiencia de países que lo han intentado, nuestras autoridades no solo pretenden negar el derecho a defenderse a aquellos en empleos de alto riesgo, sino que en un nuevo proyecto de regulación de armas de fuego pretenden prácticamente desarmar a la población civil que ya cumple con regulaciones muy estrictas, para el porte legal y pacífico de sus escopetas de caza y sus armas cortas de defensa personal.

Ante una creciente ola de violencia, es lógico que las autoridades busquen remedios drásticos para resolver el problema. Pero desarmar a la población o hacerle prácticamente imposible la tenencia de armas, no es uno de ellos. Por un lado, no existe evidencia relevante para afirmar que las armas registradas y los crímenes con armas de fuego están relacionados. Los mayores crímenes con armas están directamente vinculados al tráfico de drogas y al pandillerismo y no hay estadísticas que demuestren en forma inequívoca que esas armas fueron de un dueño registrado en este país. Por otro lado, de los delitos de violencia familiar, 14% se perpetran con armas de fuego y nuevamente solo 1% con armas registradas. El arma por excelencia en la riña familiar es el cuchillo de cocina, objetos contundentes, los puños y después la soga. ¡Vaya usted a ver cómo eliminan estas cosas de la vida cotidiana!

La otra cara del tema sí tiene consecuencias. Desarmar a la población equivale a poner un gran rótulo en cada casa invitando al ladrón y al violador a entrar sin temor a resistencia; un bate de beis no detiene un ladrón armado, menos a una pandilla. Todo esto equivale, en términos de la ley de la selva, a convertirnos en gacelas cojas, fácil presa hasta del leopardo más lento.

Las evidencias y las experiencias en lo afirmado arriba abundan. En los países en los cuales se ha restringido o prohibido las armas (como Inglaterra y Australia) la criminalidad aumentó. En Washington D.C. está prohibida la tenencia y el porte de armas cortas y dicha ciudad es llamada la capital del homicidio de EU. Aquí se ve claramente que; al hacer ilegales las armas, solo los ilegales las portarán.

Y lo más espeluznante es que seremos gacelas cojas en un país donde, entre otras cosas, los asesinos en serie que conducen "diablos rojos" y los envenenadores en masa siguen impunes en la calle. No sé ustedes, pero ante esa eficacia estatal, prefiero reservarme la posibilidad de defender mi vida, mi familia y mi dignidad.

Al revés, en aquellos lugares donde se le facilitó a la ciudadanía la tenencia y porte de armas de defensa personal (Texas, Florida y otros estados del sur de EU), las gacelas armadas redujeron significativamente crímenes como los asaltos a residencias y negocios. Nótese además que los tiroteos indiscriminados no se producen ni en cuarteles de la policía ni en clubes de tiro sino en zonas declaradas libres de armas como universidades y escuelas. No se sabe cuántos, pero seguramente muchos delincuentes, pensaron no irrumpir a un domicilio o asaltar a una anciana en la calle por la sola idea de que podría costarle la vida o por lo menos un buen susto. Por último y bien importante; una sociedad donde la defensa de los ciudadanos, incluyendo su vida, queda totalmente a la discrecionalidad de otros, los primeros siempre serán siervos de los segundos.

Una sociedad de individuos incapaces de defenderse, es una sociedad donde la democracia está horadada por el autoritarismo. De allí al totalitarismo no hay mucho. No creo que queremos volver allá.


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