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12/06/2017

Del Gobierno incompetente al Estado Omnipotente

Por: Roberto Brenes P.

El gobierno, cual gigantesca hidra, no para de crecer. Hay pocas razones de peso para su gigantismo. Si fuera que crece para servir las necesidades de la ciudadanía, su crecimiento fuera cónsono con ellas; incluso menores, gracias a las eficiencias tecnológicas y administrativas con que hoy se puede hacer más con menos. Pero no es así.

El gobierno crece porque es una gigantesca fuente de empleo para consolidar poder de los políticos sin que medie allí consideración a capacidades ni de formación y ni hablar de necesidades. Cada cambio de gobierno es un cambio radical de funcionarios que ahora profesan el credo del Partido al poder y casi nada más. Así, engendramos gobiernos sin capacidad administrativa ni técnica, sin continuidad y lógicamente sin capacidad para resolver los problemas ciudadanos como salud, educación, seguridad en forma consistente y efectiva.

Un gobierno así, es oneroso, los ciudadanos recibimos una ínfima parte de lo que tributamos, el resto se esfuma en burocracia y corrupción. Un gobierno así, es además peligroso, porque ante su incompetencia de ejecutar y supervisar, intensifica su control sobre los ciudadanos inventando reglas y trabas en un intento vano de eliminar los problemas que debe encarar, cargándose en el camino los derechos y libertades individuales y metiéndole fricción a lo que debe ser el libre fluir de la sociedad.

Así, todos los días vemos una norma nueva, que supone más gastos y más burocracia, y la restricción de alguna libertad personal. Normas que intentan desarmar a la población no eliminan el crimen pero si despojan al individuo de su derecho a defenderse. Las crecientes regulaciones financieras, que nadie fiscaliza, crean un campo minado a los buenos y una oportunidad de especular para los malos. Normas ecológicas imposibles para los ciudadanos que viven en comunión con el campo, pero indiferentes para los destructores de la naturaleza. Y así.

El resultado de esta creciente incompetencia es un gobierno cada vez más gordo, más complejo y más inútil, Un gobierno atrapado en un círculo vicioso ya que toda nueva regla requiere más recursos, pero a la vez más supervisión y que por supuesto, restringen, pero no solucionan. Para el ciudadano el resultado es terrible, un gobierno que poco resuelve y al cual hay que rendirle crecientes ofrendas diarias en la forma de formularios, nuevas tasas, nuevos papeles. Tramitar algo se convierte en una hazaña costosa y a veces imposible.

Lo peor es que este modelo de gobierno engendra un Estado que lo puede todo contra del ciudadano. Un Estado con su propia ecología donde en lo más alto de la cadena alimentaria están los jefes políticos y luego el “apartchik”, donde hasta los de abajo están privilegiado por normas especiales y actúan con discrecionalidad e impunidad.

Allí, el Estado lejos de ser un bien público, se convierte en la mayor fuente de inseguridad jurídica; promueve un sistema de reglas paralelas y un sistema de gestión de influencias, favores y coimas. Un Estado omnipotente que cambia las reglas y concede adendas y favores a los amigos en la mayor opacidad, santificadas por un órgano legislativo voraz y omnívoro (¡que come de todo!) y bendecidas un organismo de control que no sabe lo que hace o que siempre mira hacia el poder político.

Este Estado paralelo se puede observar a simple vista. Mientras que unos hacen antesalas de meses ante los bomberos, ingeniería municipal, migración y casi todas las instancias judiciales, otros pasan raudos y veloces a través del alambrado burocrático.

Este Estado Omnipotente es el común denominador en América Latina y también la némesis de las democracias y la honestidad. Y vemos ahora como esa coincidencia incuba resultados catastróficos. ¿O no es la epidemia generalizada de corrupción promovida por Odebretch si no la evidencia de que la omnipotencia estatal lleva al corrupción sin límites? ¿Por qué donde hay verdadera separación de poderes y transparencia, como Chile o Uruguay no se entronizó el cáncer brasileño ni las metástasis posteriores de esa porquería? ¿Alguien tiene una mejor explicación?

El gran estado omnipotente es una mala idea. No sirve al pueblo sino al delincuente y para nada fomenta ni eficiencia, ni trasparencia mucho menos justicia y democracia. Es la hora a someter a ese espanto político a la humildad del Estado de Derecho y al rigor de buenas instituciones antes de que nos arruinemos.

El autor es director de la Fundación Libertad


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