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09/07/2018

Hacer robando o robar haciendo

Por: Roberto Brenes P.

Ante la pasmosa tranquilidad con que aceptamos la rampante corrupción sintetizada en la infame expresión “robó, pero hizo” es obligatorio hacer algunas precisiones y reflexiones.

Para empezar, robar es inaceptable independiente de sus consecuencias. Pero eso de “robó, pero hizo”, es repugnante. La expresión supone robar mientras se hacía o peor aún, robar haciendo; es más bien “robó, porque hizo”. Visto así resulta terriblemente nítido el propósito de los políticos ladrones, “hacer para robar”.  Lo verdaderamente grosero es que quienes así lo hacen, traicionan y ensucian la confianza y la posición de privilegio en que los puso el pueblo. No conozco a nadie que elija a nadie para que robe. Se eligen para que trabajen y resuelvan.

En este contexto, la inversión pública y la ley de contrataciones son respectivamente el botín y la pistola por excelencia. En un país profundamente corrupto, de instituciones colapsadas, poder judicial incompetente y ciudadanía sumisa, la inversión pública no es la promesa electoral a cumplir. Es la oportunidad de robar. De allí que todos los esfuerzos para mejorar y blindar la ley de contrataciones públicas, duerme el sueño eterno en la oscuridad de los pasillos de la Asamblea y el Ejecutivo.

La obra pública entre más grande mejor y entre más breve aún mejor. Se roba más y más rápido. Ahora con lo más granado de los gánsteres internacionales que nos esconden el botín lo más lejos posible. Lo que queda después de un proyecto es usualmente una inversión carísima, no prioritaria e inadecuada como para dejarnos algo a cambio. Como el violador que al irse deja a su víctima unas moneditas para que enjugue el agravio y su dignidad. Violó, pero hizo!

Si estos personajes apoderados del presupuesto estatal en vez de robar asesinaran, nadie o muy pocos serían partidarios de “mató, pero hizo” o “violó, pero hizo”. No pasa igual con “robó, pero hizo”. ¿Por qué?

Muchos piensan que el que roba al Estado es una especie de Robin Hood que les genera beneficios tangibles a sus electores. Eso es tan así que hay políticos que se jactan de ello y han sido reelectos varias veces. Uno muy popular, hace campaña con el mote de “El Corrupto”. Otro, muy famoso por los fajos de dólares que mostró públicamente, no pierde una elección en ningún partido donde ha militado.

En el fondo, los que toleran la corrupción no son mala gente. La aceptan porque creen que el sistema es incapaz de producir igualdad de oportunidades o un estado de derecho que promueva y proteja la igualdad de oportunidades. Así, su Robin Hood tableño o portobeleño resuelve para ellos, pobres y necesitados. Además, parte importante de la fantasía es que se roba al poderoso con lo que además hay un alivio moral en la complicidad.

Pero nada es cierto. Los que simpatizan con el “robó, pero hizo” no entienden que, si ese puente o carretera los beneficia, la práctica generalizada del robo y la corrupción los perjudica mucho más. Lo que no comprenden estos electores es que a la vez son víctimas de una mayor corrupción, que no controla su diputado o su alcalde.

Esta es la corrupción de los sobrecostos de las medicinas que impiden la salud, la mala educación pública que destruye el futuro, las importaciones amañadas que empobrecen el agro, las planillas abultadas que destruyen la República, la ineficiente burocracia que obnubila al individuo y así. Estos ejemplos son variaciones del mismo tema que se producen por la generalizada tolerancia a la corrupción.

No rechazar la corrupción de su diputado o de su ministro amigo es abonar a esa corrupción estructural. La corrupción nos empobrece a todos material y moralmente. No hay tal cosa como el buen robo como tampoco hay tal cosa como la buena violación o el buen asesinato. Hay que desarticular la banda. Hay quitarles el arma, y si es necesario, también el pito.

 

 

 

 


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